Si para los rockeros de pro el epítome de la existencia humana era el sexo, drogas y rock&roll y para los pioneros punks seguidores del entrañable (de entraña) Sid Vicious era vive deprisa, muere jóven y deja un bonito cadáver, este grupúsculo surgido del miasma del submundo hispalense tiene por credo tunning, hip-hop y Camarón.
Realmente no creo que haga falta añadir más. Cualquier cosa que yo diga o haga quedará ridícula al lado de semejante declaración de intenciones, de modo que, salvando las críticas de estilos musicales y el hecho de que Camarón me recuerde al Dr. Zaius de El Planeta de los Simios, me limitaré a describir brevemente a los kanis para que cualquiera que no los conozca pueda, desde la objetividad (y el respeto ¿eh? respetos siempre al máximo), hacerse una idea aproximada de como es esta muchachada.
Para empezar visualicemos un hiphoperillo modernete, sí exacto, de esos que parece que se han cagao en los pantalones y el peso del chorzo se los va bajando. Pasémoslo por las manos de Rupert (¡te necesito!) tras dos días de orgía gay, hasta las trancas de popper y dry martinis y con una maquinilla de rapar a la que le hayan dejado oxidar la cuchilla. Imaginaos ahora que tras vestirse en casa con lo más surtido y granado de su juvenih fondo de armario, Mr.T le vomita por encima en el portal de casa y os haréis una idea aproximada de la mezcla estética con la que nuestros amigos salen a la calle. Añádanse crucifijos y tatuajes paleros y salpiméntese con pirsins al gusto.
Pero no todo es chabacanería en el vestir y falta de elegancia, ya que ambas cosas son propias de los pocos años y todos pasamos por nuestra fase gothic lolita o eightie’s jicholín. Es en los aspectos intelectuales donde el kani de pro destaca al máximo. Poseedores de un conocimiento de la ortografía básica española comparable a la de un babuino en celo y de un innato interés por la sabiduría y el aprendizaje que rivalizarían con los de Yola Berrocal, el kani medio es, por lo general, un ignorante hijo de la gran pública escuela contemporánea, quien además de desconocer los más básicos rudimentos de la geografía patria, la gramática española o la división con decimales, se siente enervantemente orgulloso de ello (”ilLoO, si eShO lo aSe tO Un orDeNaoR aOra, flaMenKitO, fLamENkiTo!” respuesta del sujeto de estudio ante la pregunta ¿Año del descubrimiento de América?, el porqué de las mayúsculas indiscriminadas aún no ha sido descifrado).
Mención aparte merecen las chonis, la división femenina de tan nutrida caterva acéfala, tanto que me la reservo para un postrer artículo en el que poder explayarme a gusto, ya que este comienza a ser tedioso. Baste decir que han elevado a la categoría de arte el conseguir que una mujer tatuada, con piercings y maquillaje resulte repulsiva para un humano macho adulto y sano.
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