14.Dic.2009 | Publicado por Carlos Azufre en Gente, Idiomas

Empecemos por lo obvio: gritar es una falta de educación. Y hacerlo constantemente una tocadura de huevos. Más aún cuando la gente qué no controla su volumen vocal casi nunca tiene nada interesante que decir. Así que modulen su voz o, mejor aún, cállense.
Nada más molesto que estar tranquilamente inmerso en una lectura que dará sentido a tu existencia o en una conversación destinada a cambiar el curso de la humanidad y padecer algún grupúsculo de infraseres profiriendo improperios, exabruptos o lo que ellos consideran opiniones. Voces gritonas, irritantes y que sirven de atenuante ante cualquier medida punitiva tomada hacia ellos. Mis innumerables viajes me permiten afirmar que este fenómeno está desagradablemente extendido en este poblado llamado España, con focos de especial virulencia en unas regiones que responden a los nombres de Andalucía y -sobre todo- Murcia.
Ahora que cualquiera cree que por poder pagárselo está legitimado a ir a cualquier capital europea, no resulta nada difícil identificar a los españoles en cualquier museo, ya que serán aquellos que demostrarán su gran conocimiento pictórico al grito de: “Mira Mari, un cuadro del Van Gó, pues no es pa tanto, ¿no?” Vergüenza ajena es un bonito eufemismo para definir lo que se siente en ese momento ante el pánico a poder ser identificado como compatriota de esos individuos.
El día en que me quede sordo al tener que incrustarme hasta el tímpano los auriculares para aislarme del maravilloso prójimo, os denunciaré a todos por haberme abocado a esto. Bozales para todos. Liberté, egalité y silencio.