16.Dic.2009 | Publicado por Ortega en Gente, Publicidad
Yo no quiero ir al Cielo. Desde luego no quiero ir a ese Cielo soso y aburrido que la iglesia Católica se empeña en venderme. Resulta curioso que una empresa que ha resultado tener el mejor marketing de todas las épocas -no en vano lleva 2.000 añazos vendiendo un producto que sólo se puede disfrutar después de muerto-, esté afrontando los que probablemente sean los últimos años de su existencia por no saber adaptarse a los nuevos tiempos que corren, tal vez se deba a que están demasiado acostumbrados a adaptar los tiempos a sus ideas.
Y es que seamos sinceros. ¿Quién en su sano juicio puede desear hoy día ir al Cielo? El sexo es pecado, la gula es pecado, el orgullo es pecado, la avaricia es pecado, la ira es pecado… Joder, prácticamente todo lo que nos hace humanos es pecado, y me estás diciendo que el premio por ir contra mi propia naturaleza -¿esa que en un alarde de ironía cósmica tu Dios nos ha dado?- es no tener que experimentar ninguno de esos impulsos jamás en toda la eternidad. Es decir… en el cielo no me aburriré nunca, pero tampoco podré hacer nada para entretenerme, no tendré hambre, pero no comeré, no sentiré impulsos sexuales ni de rabia, pero no tendré tampoco con qué expresar dichas sensaciones… Coño, que alguien me explique cual es la diferencia entre eso y estar sencilla y llanamente muerto.
Puestos a elegir un cielo o una recompensa ulterior hay por el mundo unas cuantas religiones mucho más satisfactorias -tanto en cuanto a requisitos de acceso al paraíso como a la ambientación del mismo- que la sosa secta del Carpintero Zombie Tricéfalo. Sin ir más lejos, las religiones tradicionales de la zona indoeuropea, con gran raigambre ancestral en el norte de la piel de toro, no sólo consideraban la sexualidad y el orgullo como virtudes en vez de defectos, sino que además ofrecían como pase al más allá invitaciones a fiestas interminables desbordantes de felicidad y alegría donde todos los apetitos se sacien; pero claro, dichas religiones venían de sociedades eminentemente matriarcales que, además, solían tener como divinidad principal a ¡una mujer! -¿he oído ‘herejía’ en tercera fila? No se me solivianten coñe-, está claro que el toque femenino es indiscutiblemente superior a la hora de plantearse escoger una religión. Y siguiendo con el mismo estilo mi favorita sin duda sería la de los vikingos, donde con el simple hecho de morir espada en mano uno ya tiene acceso al Valhalla, donde una hueste de pechugonas valkirias le llevarán al gran salón de festejos para comer jabalí, beber hidromiel, pelearse con el resto de parroquianos y hacer apuestas para ver quién se peta a más valkirias. Añádanle una ambientación musical a base de In Extremo, Amon Amarth o Thyrfing y pasatiempos como arrojar hachas para cortar los bigotes de cierto expresidente del gobierno y estarán describiendo mi definición del paraíso. Además, ahora que empieza a estar bien visto lo de ser un puto freak, morir con una espada en la mano es más fácil que con el alma en paz Christhian Style.
Y si lo suyo no son los banquetes pantagruélicos, el Heavy Metal y el sexo desaforado con rotundas germanas -cosa sólo comprensible si ha nacido por debajo de los Picos de Europa- siempre le quedarán las religiones orientales, donde si bien el alcance del Nirvana/Samadhi/unidad con los kamis resulta costosa y esforzada, al menos puede alcanzarse en vida (o eso dicen), dando por tanto tiempo a uno a cansarse de la religión a tiempo y aprovechar aún lo que le quede por bailar.
En definitiva, a mí que me den el Valhalla.